CAMINOS DE LOCURA…
Fue esa
atracción la que nos había llevado a aquel páramo polar sin nombre. El olor se
hizo más intenso. Contamos con cuidado las aberturas laterales que íbamos
dejando al paso. La temperatura aumentaba rápidamente y nos sorprendió llegar
ante un montón de objetos estremecedoramente familiares. Eran pieles del
campamento de Liliana. Ahora el olor se mezclaba curiosamente con otro cuya
naturaleza no logramos identificar aunque pensamos en organismos en
descomposición. El hedor era muy penetrante.
Reanudamos la
marcha. Al iluminar los muros, nos detuvimos asombrados ante el cambio que
habían sufrido las esculturas en aquella parte del pasadizo. Avanzamos tras una
inspección somera.