CAMINOS
DE LOCURA…
SITIOS
MISTERIOSOS
Fulgencio
Martirian
Colocamos la lona sobre el cadáver de Andrés y quedamos
sumidos en una muda estupefacción, cuando llegaron a nuestra conciencia
variados sonidos. Era el ronco graznido de un pingüino.
Nuestra primera
idea fue comprobar la realidad del sonido. La dirección nos indicaba el camino
del túnel. De improviso una enorme forma blanca se alzó frente a nosotros.
La situación
perdió dramatismo cuando la forma blanca entró en una arcada lateral a nuestra
izquierda, para unirse a otras de su especie. Eran pingüinos de una especie
enorme y desconocida. Aterradores por su albinismo y falta de ojos. Era
indudable que su hábitat era el inmenso abismo.
Nuestra intriga
era conocer que había hecho salir a los pajárracos de su lugar habitual. El
enorme silencio y el estado ruinoso de la ciudad muerta indicaban que nunca
había sido utilizada por las aves para anidar. Las dejamos atrás entre sus
graznidos y avanzamos hacia el abismo guiado por las huellas de los pingüinos.
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