LAS NOVICIAS
Una seguidilla de hechos sorprendentes irrumpió
en la casa de las Adoradoras. Aquella noche el miedo era tan denso como la
niebla que caía sobre la ciudad, era un ave de mal agüero. Lo único que
deseaban las novicias era encerrarse en sus habitaciones para entregarse a
morfeo.
Una
de ellas, la más antigua, dio la noche por concluida, echó cerrojo a la puerta
de su habitación. Se asomó por la ventana; vio que la calle estaba vacía, cerró
las celosías, puso el grueso pasador y sentada al borde de la cama se quitó la
ropa.
Humedeció un paño de algodón con agua de rosas y frotó su cuerpo con
movimientos lentos. Tenía el cuerpo escultural de las cariátides griegas:
piernas torneadas, caderas generosas y pezones desafiantes. Aquella intima
ablución le traía algo de la calma que había perdido desde que cayó la noche
con su bruma oscura