En la puerta
de la barbería, que no era más que un lienzo
que podía
verse desde la calle y detrás del cual no existía nada, - un solar desierto en
el que la gente finge entrar -, allí un seguidor del jefe, parado en la puerta
recordaba la instrucción del sargento de sonreír al paso de los delegados.
Había que dejar en los visitantes la
impresión de la grandeza del jefe, una imagen que debía flotar por sobre todas las cosas..
Se veían los camareros que circulaban por
los comedores vestidos con pajaritas y guantes blancos, a los oficiales
plegados al jefe, sin sus pistolas al cinto, felices y despreocupadas.
La ceniza de los cigarrillos recuerda
el hollín de los crematorios y la mancillada dignidad de los perseguidos
ideológicos, víctimas de la inofensiva central de información.
Con prudencia evitaba que los delegados
desviaran el recorrido hacia el sitio a donde llegaban los camiones con los
nuevos prisioneros.
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