No era sino pasar el puente y llegar a la más azarosa ratonera humana. Era ahí a dónde habían ido a parar Teresa, la viuda del coronel Mariano Tristán, y Flora, su hija de quince años.
La lujuria de los vagabundos las seguía, Flora, una niña bien plantada, altiva, con humos de grandeza. Su belleza era rara. Había nacido en París
En sus ojos bien abiertos, unas veces había fuego de ira, otras, penumbras de tristeza. En su pobre tugurio jugaba soñadora con los dedos entre los largos bucles que le caían sobre los hombros. En la calle sacudía la cabeza y agitaba los bucles que parecían saltar de gozo.
Desde la cuna, Teresa había arrullado a Flora con la historia del Perú. Los Tristán eran en Arequipa la jerarquía de la Iglesia, el poder en el gobierno, la fuerza de las armas
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