Mientras
bajaba las escaleras alfombradas, doña Lucrecia iba pensando:
“Me
lo he ganado, ya me quiere”. Había olvidado echarse encima la bata, iba desnuda
bajo un diminuto camisón de seda negra y transparente. Sus formas blancas y
duras parecían flotar.
¿Eres tú, madrastra?
El niño había brincado y estaba de pie sobre
la cama. Doña Lucrecia adivinó los ojos de su hijastro y se fijaba atónita en
su busto.
Pero Alfonsito ya la abrazaba, Ella sentía
contra su cuerpo el cuerpo de su hijastro y pensó en un pajarillo.
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