010 IRINA
La rusa inhaló profundamente. La mancha de la tristeza seguía allí. Cerró la puerta del cuarto, debía prepararse para las funciones del día.
-- Buenos días, señorita Irina, la saludó un empleado del circo, desnudándola con la mirada. Los ojos del empleado se desprendieron de su órbita tras las nalgas de la trapecista que llevaba un pantalón muy ceñido.
Eran las nueve de la mañana, la ciudad ya había despertado
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